EXPOSICIONES PASADAS: JAIME DE CÓRDOBA

Jaime de Córdoba viene de una dinastía de escultores. Su bisabuelo, su abuelo, como el, nos dejaron un testimonio de su tiempo y sus piezas nos ayudan a valorar todavía mas nuestro maravilloso mundo. Es, como él mismo se define, heredero de la Cultura Occidental. 

 

En este sentido podemos afirmar que Jaime no es exactamente un artista transgresor: su obra no rompe voluntariamente con nada. Bien al contrario, su trabajo es fruto de una rigurosa observación de la naturaleza y del ser humano. Como escultor suma, mezcla, redefine la herencia de miles de años de años de cultura, desde los restos del arte Ibero, pasando por el Románico, los artistas del Renacimiento, hasta nuestros días. 

 

Las obras que podemos ver en esta exposición se definen por si mismas: no necesitan justificaciones ni demasiadas teorías que las sustenten. 

Cada pieza es en sí misma una declaración de principios. Hechas con pulso firme nos permiten apreciar el rastro de las herramientas con las que Jaime las ha esculpido. En cada obra, el artista nos invita a  apreciar la epidermis de sus piezas y deja al descubierto las horas de arduo trabajo que hay en cada una de ellas.

Jaime de Córdoba Benedicto nace en un hogar donde brilla con luz propia el escultor Manel Benedicto, abuelo materno del artista. Ese hogar le inculcará una cultura decimonónica, pero también un sentido del gusto y un amor inmenso por el detalle, por el buen acabado, por la excelencia en suma. Una atmósfera, un legado que serán la “playa originaria” adonde irán a batir y a impregnar, en olas sucesivas, las diversas influencias de los artistas que le han marcado. Porque De Córdoba, nada gregario, es hombre de maestros, de figuras de referencia. No de corralitos estéticos, movimientos o ismos.

 

El resultado de esa formación es una obra donde el artista parece haber dado solución a una contradicción aparentemente insoluble: ¿Se pueden crear formas rotundas, contundentes, de una calidad casi matérica o física, pero a la vez etéreas, volátiles, como si en cualquier momento estuvieran a punto de elevarse y perderse en el vacío? Sí, se puede. Él ha obrado el milagro. Esa elevación, ese estar a punto de flotar, son, nos asegura, celebración de la vida, del goce, a fin de conjurar el peso muerto del pesimismo de la cultura europea. Y todo ello a través de una figuración que no es reproducción servil de la realidad. Porque De Córdoba no copia: contempla, absorbe y elabora interiormente, para luego re-crear. Y recrea con el objetivo de formalizar (dar forma) a su propia subjetividad. No por un mero afán ególatra, no; sino porque está firmemente convencido de que lo que siente un hombre lo sienten todos los hombres. De que el individuo es símbolo y reflejo de toda la Humanidad.



 

Luis Caldeiro

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